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El New York Times en Yahoo en Español

Análisis y reportajes especiales de El New York Times para Yahoo en Español

  • The New York Times

    El pacto que rompieron Eddie Murphy y Arsenio Hall por ‘Un príncipe en Nueva York 2’

    Eddie Murphy y Arsenio Hall prometieron que nunca harían una secuela de su película 'Un príncipe en Nueva York'... hasta que se convirtió en una cinta de culto

  • The New York Times

    Autobiografía de la hija de Amos Oz divide a la familia y conmociona a Israel

    JERUSALÉN — Amos Oz fue uno de los escritores más celebrados de Israel, un humanista que utilizó sus palabras para buscar la paz en una región sumida en el conflicto. Así que cuando su segunda hija, Galia Oz, escritora de literatura infantil y cineasta documental, dio a conocer su propia autobiografía esta semana, las líneas iniciales fueron de lo más inesperadas. “Cuando era niña, mi padre solía golpearme, maldecirme y humillarme”, escribió en hebreo. “Hasta para ser violento era creativo. Me arrastraba desde el interior de la casa hasta el umbral y ahí me arrojaba al exterior. Me decía que era basura. No eran arranques pasajeros ni bofetadas ocasionales, sino un maltrato rutinario lleno de sadismo. Mi delito era existir, así que el castigo era interminable. Necesitaba asegurarse de que me había quebrado”. Amos Oz, autor de libros como “Mi Miguel”, “Una historia de amor y oscuridad” y “Queridos fanáticos”, murió de cáncer en diciembre de 2018. Otros familiares, entre ellos su viuda, Nili, su hija mayor, Fania Oz-Salzberger, y su hijo, Daniel Oz, no dudaron en salir en su defensa. “Toda nuestra vida conocimos a un Amos muy distinto, un hombre cálido, amable y afectuoso que amaba profundamente a su familia”, escribieron en un comunicado conjunto que Oz-Salzberger, profesora emérita de la Universidad de Haifa especializada en historia legal y pensamiento político, publicó en Twitter. “Nos entregó su corazón y su alma. La gran mayoría de las acusaciones de Galia en contra de Amos contradicen por completo las vivencias de nosotros tres; nuestros recuerdos están llenos de amor”. Esta dramática historia familiar continúa en los medios de comunicación y redes sociales de Israel, donde se han hecho algunas referencias literarias a la mordaz frase inicial de León Tolstói en “Ana Karenina”: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. A través de su casa editorial, Kinneret, Zmora, Dvir, Galia Oz se negó a conceder la entrevista que solicitamos. Su hermana, Oz-Salzberger, tampoco quiso ser entrevistada. Galia Oz rompió contacto con sus padres y hermanos hace siete años y ni siquiera asistió al funeral de su padre. Según relataron los familiares, su padre nunca dejó de buscar el origen de sus traumas ni de intentar restablecer contacto con ella. “El dolor de Galia es palpable y sobrecogedor”, escribieron en el comunicado familiar, “pero nuestros recuerdos son diferentes. La diferencia es inaudita”. El título del libro recién publicado, “Something Disguised as Love” (Algo disfrazado como amor) evoca el de la autobiografía de su padre, “Una historia de amor y oscuridad”, publicada en hebreo en 2002, en la que explora una infancia marcada por la tragedia, incluso el suicidio de su madre cuando tenía 12 años. Galia Oz, en entrevistas con los medios hebreos por la publicación de su libro, también utilizó el adjetivo “lúgubre” para describir su niñez. En una conversación con Kann, la radio pública de Israel, el 23 de febrero, afirmó: “Nací en un mundo regido por una cultura y unos estándares muy violentos y tiránicos. Nos acostumbramos a hacer desaparecer de inmediato las expresiones de violencia, las tácticas de miedo o cualquier cosa que nos hubiera aterrorizado, casi en tiempo real. Si quedaba algún moretón, lo ocultaba con una manga más larga”. En un video promocional de una entrevista televisiva que se transmitirá en el canal 12 de Israel el fin de semana, dice lo siguiente: “No se trata de dos bandos”, y añade acerca de la publicidad: “Era más difícil guardar silencio”. En su libro, Galia Oz escribe que los maltratos comenzaron cuando la familia vivía en el kibutz Hulda, una granja colectiva en la región central de Israel a la que Amos Oz se mudó cuando era adolescente y donde también conoció a su esposa y comenzaron a criar a sus hijos. Según las reglas del kibutz en esa época, los hijos dormían separados de sus padres, en las casas comunales para niños, y visitaban a sus padres unas cuantas horas durante el día. “Pero incluso eso era demasiado”, escribió Galia Oz. “‘Esta no es tu casa’, solían decirme. ‘Ya vete a la casa de los niños’. El descuido que sufrí fue todavía peor del que era habitual dada la estructura, de por sí problemática, de dormir en habitaciones comunes”. Un representante de Kinneret, Zmora, Dvir indicó que la decisión de publicar el libro ahora fue de Galia Oz, pues ella les presentó el manuscrito. En este momento no tienen planeado traducirlo al inglés ni a otros idiomas. En una publicación de Facebook, su hermano, Daniel Oz, pidió que se escuchara tanto la voz de Galia Oz como la de su familia. “Mi padre no era ningún ángel, solo un ser humano. Pero fue la mejor persona que he tenido el privilegio de conocer”, escribió. A diferencia de su hermana mayor Oz-Salzberger y de él, añadió: “Nuestra hermana Galia recuerda que experimentó una crianza rigurosa y agresiva por parte de nuestro padre. Estoy seguro —más bien, sé— que hay cierta verdad en sus palabras. No hay que ignorarla. Pero tampoco nos ignoren a nosotros. También tenemos una voz, y nuestra voz proviene de lo más profundo de nuestra alma”. Amos Oz ha sido considerado desde hace mucho tiempo un gigante de la literatura hebrea moderna. Comenzó a escribir cuando todavía era un veinteañero y publicó más de diez novelas, así como colecciones de ficción breve, obras de no ficción y muchos ensayos. Idealista de corazón, cambió su apellido original, Klausner, por Oz, que en hebreo significa valor, cuando cambió su vida en la sofocante casa paterna de Jerusalén por un kibutz. Algunas de sus novelas presentaron a los personajes pioneros del movimiento socialista de los kibutz. Sus obras se tradujeron a más de 35 idiomas. El libro de Galia Oz ha sido disruptivo en el mundo literario de Israel y ha ensombrecido el legado de su padre justo cuando una nueva conciencia social ha derribado figuras culturales fragmentarias en Estados Unidos, Francia y otros lugares por todo el mundo. La misma Galia Oz hizo referencia al movimiento #MeToo en esta afirmación: “Las casas como aquella en la que crecí por alguna razón flotan en el espacio, lejos del alcance de trabajadores sociales, fuera de la esfera de influencia de revoluciones como la del movimiento MeToo, sin dejar marca alguna en las redes sociales”. Los efectos iniciales han sido intensos. Oz-Salzberger escribió que algunos críticos la habían llamado malvada, manipuladora, mentirosa y auxiliar de nazis en las redes sociales. Los israelíes de derecha han hecho alarde de un acontecimiento que, en su opinión, desenmascara a un héroe liberal de izquierda. La familia también ha recibido expresiones de solidaridad. En otra publicación vehemente en Facebook, el hijo de Oz-Salzberger, Dean Maccabbi Salzberger, escribió: “En conclusión, tengo una sola respuesta ingeniosa para esta situación. Si hay algún tipo de distanciamiento en la familia, relaciones complicadas o resentimientos de años, cualquiera que sea la razón, haz todo lo posible por arreglar las cosas. No sé cómo se arreglen para ti, eso solo lo sabes tú. (Cada familia es diferente. Sí, sí, hasta las familias felices)”. This article originally appeared in The New York Times. © 2021 The New York Times Company

  • The New York Times

    Este sitio web ubica a los niños bulliciosos y a los vecinos ruidosos en el mapa

    Niños ruidosos patinando en la calle; parejas que discuten en sus casas; gente reunida en la acera, chismeando durante horas. Algunas personas describirían estas actividades como contaminación acústica. Un nuevo sitio web en Japón ha puesto a los infractores en un mapa, lo que ha provocado un debate acerca de las personas que perturban la paz. El sitio web, DQN Today, se describe a sí mismo como una guía de colaboración abierta para ayudar a quienes están buscando una casa a evitar los barrios habitados por “padres necios que permiten que sus hijos jueguen en las calles y estacionamientos”. El sitio está lleno de mapas en los que se ven a las dorozoku, o “tribus de la calle”, término que se aplica a las personas que bloquean el paso o causan estragos en espacios públicos. Los habitantes que consideran insoportable el ruido han encontrado un escape en el sitio web, el cual recoge las quejas anónimas acerca de los vecinos y ubica cada queja en un mapa interactivo, de esta manera se crea un registro elaborado de los ruidos las imágenes irritantes de Japón. Las quejas por ruido han aumentado en la capital, Tokio, y la policía registró un incremento del 30 por ciento entre marzo y abril del año pasado. Eso sucedió cuando el gobierno cerró las escuelas y les aconsejó a los habitantes que trabajaran a distancia debido al coronavirus, lo que provocó que algunos fueran demasiado conscientes de los sonidos en casa a los que antes habían prestado poca atención. En el exterior, aunque algunas áreas de juego han sido acordonadas durante el estado de emergencia en Japón, la mayoría de los parques han permanecido abiertos… y abarrotados. En un principio, el creador del sitio web respondió el miércoles a preguntas por correo electrónico acerca del sitio, pero se negó a dar su nombre completo. Dijo que el mapa era una indirecta poco sutil para los habitantes (ellos saben quiénes son, aunque nunca se les nombra) y para los funcionarios del gobierno, que esperaba que prestaran atención. Pero después, el creador, que se describe a sí mismo como un desarrollador web independiente en Yokohama, Japón, y que en Twitter tiene el usuario @hotaniya, dejó de responder a los correos electrónicos. El sitio comenzó en 2016 y al inicio tenía unos pocos cientos de usuarios. Desde entonces, ha crecido de manera exponencial y ha suscitado el debate, en especial acerca de lo que, según los expertos, parece ser una intolerancia creciente de la sociedad a los sonidos de los niños jugando. Aunque muchas personas en las redes sociales han elogiado el sitio web por arrojar luz sobre el problema del ruido, a algunos padres les parece preocupante su enfoque y temen que haya una creciente división entre las familias con niños y los vecinos que no los soportan. Entre las 6000 quejas, que abarcan temas como las infracciones de estacionamiento, el uso excesivo de palabras altisonantes o los gatos callejeros, hay muchas publicaciones que señalan zonas frecuentadas por niños sin supervisión. Saori Hiramoto, de 35 años, una activista que en 2019 presionó con éxito al gobierno metropolitano de Tokio para que permitiera la entrada de las carriolas en los trenes abarrotados, señaló que el mapa evidenciaba una ruptura en la comunicación y la fractura de una sociedad que alguna vez fue interdependiente. “De verdad siento que es muy difícil criar hijos”, dijo. “La gente dice que los padres deben ser responsables del cuidado de los niños, pero es muy difícil, en especial para los padres solteros. Hemos llegado a nuestros límites”. “Creo que la sociedad o la comunidad debería vigilar y criar a los niños como miembros de la sociedad”, añadió. Akihiko Watanabe, profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de Shiga, cerca de Kioto, comentó en una entrevista el miércoles que el mapa tenía el potencial de perjudicar a los niños y adolescentes al exponer los lugares donde pasan el rato sin supervisión, pero algunos padres se ponen a la defensiva ante las quejas sobre sus hijos, lo que dificulta que otros se acerquen a ellos para plantearles sus inquietudes, dijo. “En el pasado, los padres se disculpaban y disciplinaban a sus hijos”, dijo. “Pero ahora los padres se muestran hostiles contra quienes los regañan”. Entre marzo y abril del año pasado, se registraron al menos 1500 usuarios nuevos para utilizar el mapa. Una de las quejas dice lo siguiente: Las concentraciones de gente “son terriblemente locuaces y ruidosas. Estuve mirando con insistencia durante mucho tiempo, pero no se detuvieron. También dejan a los niños sin vigilancia y hacen ruidos extraños”. En otro comentario se lee: “Tres o cuatro niños se reúnen y juegan en voz alta durante las vacaciones, y una voz aguda resuena en el barrio”. “Se me olvidó que esto era una carretera”, escribió otro usuario acerca de un tramo de asfalto frecuentado por preadolescentes en patineta. Los expertos perciben una intolerancia creciente hacia los niños que juegan, ya que una parte de la población envejecida del país está menos familiarizada con los sonidos de los niños pequeños. A lo largo de los años, los residentes de varios distritos han hecho campaña contra la construcción de guarderías, a pesar de que los padres han exigido tener opciones de guardería más asequibles y a los economistas les preocupa el hecho de que los habitantes de Japón, que tiene la población más envejecida, no estén teniendo suficientes bebés. Los residentes de Kobe demandaron a una guardería en 2016 por el ruido del patio de recreo, pero el caso fue desestimado en 2017. Los parques públicos están plagados de carteles que prohíben todo tipo de actividades en respuesta a las quejas de molestia de los residentes. El parque Nishi-Ikebukuro de Toshima, Tokio, ha llamado la atención por las prohibiciones de 45 actividades diferentes, como usar patineta, saltar la cuerda y jugar fútbol. Un funcionario local dijo que las prohibiciones se derivaron de una década de quejas. Ko Fujii, fundador y director ejecutivo de la agencia de asuntos públicos Makaira y profesor invitado del Centro de Estrategias Normativas de la Universidad de Tama, en Tokio, señaló incidentes ocurridos en los últimos años en los que viajeros descontentos acosaron a madres que llevaban bebés en el transporte público. Fujii, padre de dos niños pequeños, comentó que había pegado una calcomanía con el lema “Amamos a los bebés, no pasa nada si llora”, para mostrar su apoyo a otros padres. “Creo que algunas personas sencillamente están tan frustradas con la vida citadina que pueden llegar a ser así de maliciosas”, dijo. This article originally appeared in The New York Times. © 2021 The New York Times Company

  • The New York Times

    Combatiendo a una multitud, un policía negro se enfrentó al racismo

    WASHINGTON — Los insultos racistas proferidos a Harry Dunn, un agente de la policía del Capitolio, durante los disturbios del 6 de enero en el Capitolio fueron citados como prueba este mes en el juicio político realizado en el Senado contra el expresidente Donald Trump. Hasta esta semana, Dunn había permanecido en el anonimato. Ahora Dunn, de 37 años, que es negro y veterano de 13 años de la corporación, y que creció en el condado cercano de Prince George, Maryland, está dispuesto a hablar públicamente sobre la violencia y el racismo que experimentó a manos de una turba pro-Trump durante ese sombrío día en la historia de Estados Unidos. Con 1,80 metros de estatura y una complexión musculosa, Dunn es una figura imponente, pero dijo que la intolerancia y el trauma que vivió ese día eran suficientes para intimidar a cualquiera. Ahora que está hablando de su experiencia, dijo que otros oficiales negros le han dicho que ellos también experimentaron insultos racistas por parte de la multitud. “Mucha gente, por la razón que sea, no habla”, dijo Dunn en una entrevista con The New York Times. “Solo quiero ofrecer una voz para nosotros”. La entrevista ha sido editada por motivos de longitud, claridad y para evitar el lenguaje ofensivo. P: ¿Cómo empezó para ti el 6 de enero? ¿Estabas preocupado? R: Era un día de protesta. Aquí nos ocupamos de las manifestaciones todo el tiempo. La gente viene aquí porque está enfadada por algo. Puede ser cualquier cosa. Puede ser el descontento con la Ley de Atención Médica Asequible o con un candidato a la Corte Suprema o lo que sea. Para un oficial normal en el terreno, pensamos: “Aquí vamos. Vamos a pasar este día. Y luego volver a la normalidad”. P: ¿Cuándo te diste cuenta de que las cosas se estaban poniendo feas? R: Recibí un mensaje de uno de mis amigos. Era una captura de pantalla de quizás una página de Instagram o algo así y decía que estaban asaltando el Capitolio y que estuvieran preparados para una riña. Eran alrededor de las 9 de la mañana. Yo empecé a trabajar a las 7. Pero no tuve realmente la sensación de que las cosas se estaban poniendo feas hasta que encontraron los artefactos explosivos de fabricación casera en el RNC [Comité Nacional Republicano] por la tarde. Entonces, un par de minutos después, encontramos una segunda. Pensé: “Mierda, ¿qué demonios está pasando?”. La multitud comenzó a crecer y luego, pensé: “Algo está a punto de suceder”. La gente se está agitando más y, entonces, ocurrió. A continuación, comenzamos a pelear con la gente en el jardín oeste del Capitolio. Ahí es donde comenzó. P: ¿Notaste una diferencia entre la pequeña multitud que había estado protestando toda la mañana frente al Capitolio y la turba que marchó desde el mitin de Trump y comenzó a atacar desde el jardín oeste del Capitolio? R: En el jardín oeste, esas fueron las personas que vinieron del mitin. Esos son los que iniciaron la violencia. P: ¿Cuál fue el momento en que tu seguridad física se sintió más en peligro? R: Caray, todo el día. En un momento dado, yo estaba allí en la plataforma inaugural. Tenía un rifle y estaba literalmente apuntando a la multitud. Estaban forcejeando. Estaban lanzando bombas de humo. Eran terroristas. Tenían armas y nos estaban atacando. Tenían banderas que decían “Ven y tómala” con la imagen de un arma. Sabes que estos tipos están bien armados. Y yo pensaba: “Tengo mi arma apuntando a estos tipos y no puedo concentrarme en una persona. Pero cien personas podrían concentrarse en mí. Y podrían eliminarme aquí mismo en este lugar. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que me disparen?”. P: Ok, en este punto, todavía estás a cierta distancia de los alborotadores. Cuéntame cuándo fue el primer contacto físico con la turba. R: Una vez que empezaron a romper la línea fue cuando realmente hice contacto y empecé a defenderme a mí y al edificio. Simplemente se trató de mantener la línea con otros oficiales. P: ¿Tenías un escudo o algún otro equipo de protección? R: Mis puños son bastante protectores. Al final, tenía sangre en los nudillos e hinchazón. Q: Eres un tipo grande. R: Hubo un par de golpes. Con un par, quiero decir muchos. Ni siquiera recogí mi porra. ¿Mi rociador de gas pimienta? No lo usé hasta bien entrada la pelea porque me di cuenta de que lo tenía y no lo había usado. P: Así que estabas fuera del edificio para empezar el día. ¿Cómo acabaste dentro? R: Una vez que entraron, algunos de nosotros decidimos formar equipos de dos y entrar en el edificio. Los chicos del MPD [Departamento de Policía Metropolitana] habían llegado y estaban manteniendo la línea con mucho valor. Lo dieron todo y quiero asegurarme de que se les reconozca el mérito. P: Absolutamente. Yo estaba allí ese día. Vi cómo el Departamento de Policía de D. C. contuvo los disturbios, una vez que sus agentes llegaron al lugar con el equipo antidisturbios. ¿Qué pasó después? R: En el interior, nos estaban invadiendo. Los equipos de dos personas acabaron separándose. Éramos unidades de un solo hombre. Era muy confuso porque todo el mundo estaba en todas partes. No solo entraban por las puertas, sino también por las ventanas. Nos superaban. La lucha se prolonga durante horas. Tienes una máscara puesta. Hay spray de OC [un tipo de espray de pimienta] en el aire. Todos estos factores contribuyen a la fatiga de los agentes. Todo el mundo sigue adelante gracias a la adrenalina, pura adrenalina. En un momento dado, me enfrenté a un grupo de terroristas en la cripta. Había agentes heridos detrás de mí y me dije: “Tengo que defender este pasillo”. Estoy cansado, pero dije: “No van a pasar por aquí”. Ellos dijeron: “Vamos a pasar. Esta es nuestra casa. Nos estamos haciendo cargo”. Entonces, dije: “Tenemos decenas de oficiales heridos aquí. ¿Por qué están haciendo esto? ¡Fuera!”. Supongo que era un grupo de los Oath Keepers y parecían estar preocupados. “¿Los oficiales están heridos?”. Fue entonces cuando un tipo dijo: “Estamos haciendo esto por ti” y me mostró su placa. Era un oficial. Pero no lograron atravesar la zona donde yo estaba. Solo una persona intentó pasar a un lado de mí en ese momento y cayó al suelo. Finalmente, los oficiales con equipo blindado respondieron y aseguraron esa área. P: Hubo un momento en el que se utilizaron insultos racistas contra ti. R: Entonces, subo corriendo por la escalera. Hay gente volviéndose loca por todas partes. Vieron que venía de una zona que no estaba ocupada por los terroristas. Así que intentaron bajar las escaleras. Les dije: “No, no van a bajar”. Y estoy agotado. Dicen: “Trump es nuestro presidente legítimo. Nadie votó por Joe Biden”. Necesitaba recuperar el aliento. Así que dije: “Yo voté por Joe Biden. ¿Qué? ¿Mi voto no importa?”. Una mujer respondió: “¡Este [insulto] votó por Joe Biden!”. Todos los que estaban allí empezaron a unirse. “¡Oye, [insulto]!”. Fueron más de veinte personas las que lo dijeron. P: Más tarde, lloraste en la rotonda. R: Una vez que el FBI y todos esos otros agentes llegaron, el Capitolio comenzó a ser despejado y más seguro. Los oficiales que habían estado luchando desde el principio, muchos de nosotros nos sentamos en el suelo. Había basura por todas partes. El humo era espeso. Vi a uno de mis compañeros, al que conozco básicamente desde que estoy en el departamento, y simplemente nos miramos. Y nos pusimos a hablar del día y de lo mal que lo estábamos pasando. Una guerra se compone de cien batallas. Todos estábamos en la guerra, pero todos teníamos diferentes batallas. Muchos de nosotros, los oficiales negros, libramos una batalla diferente a la de los demás. Le dije a mi compañero: “Hoy me han llamado [insulto] un par de decenas de veces”. Lo estoy mirando. Está manchado de sangre. Yo tengo los nudillos ensangrentados. Nos duele. Fue entonces cuando dije: “¿Esto es Estados Unidos?” y empecé a llorar. Las lágrimas corren por mi cara. “¿Esto es Estados Unidos?”. P: Sé que quieres mantenerte alejado de lo político, pero ¿cómo te sentiste cuando tu experiencia fue utilizada en el juicio político? R: En ese momento, aún no había salido a la luz pública. Pero mucha gente conocía mi historia. Estaba en medio de la rotonda llorando. Era un llanto fuerte. No lo oculté. Estaba empezando a sanar y eso me hizo volver allí de nuevo. Fue un momento duro. P: ¿Cómo ha afectado la violencia del 6 de enero a la salud mental de los agentes? R: Nos pasó una factura horrible. Tenemos consejeros a nuestra disposición, pero creo que mucha gente es reacia a utilizarlos. La salud mental siempre ha sido un estigma. Nadie quiere hablar de ello. Si pareces afectado o herido, eres débil. Ahora la gente se pregunta: “¿Puedo ir a decirles que no estoy bien sin que me quiten el arma y pierda mi trabajo?”. Quiero que la gente sepa que está bien y que es normal sentirse de cierta manera. P: Conocías a Brian Sicknick, el agente de la policía del Capitolio que se desplomó y murió tras el ataque? R: Trabajamos juntos. Era un gran hombre, una gran persona, alguien con quien querrías trabajar. Cumplió con su trabajo. Era alguien en quien podías confiar. P: Ha habido muchos elogios para el oficial Eugene Goodman, que alejó a los alborotadores de los senadores, incluido el senador Mitt Romney, republicano de Utah. Fue un héroe, absolutamente. Pero tú has dicho que hubo muchos oficiales cuyos nombres el público no conoce y que fueron héroes ese día. R: La gente luchó con todo. Eugene lo hizo muy bien. Llevó a cabo su trabajo. Lo realizó heroicamente, literalmente, ante el peligro. Mucha gente hizo lo mismo ese día. Mucha gente. Tenemos oficiales que sufrieron conmociones cerebrales y fueron atacados. Mucha gente luchó con tanto valor. Hubo muchos Eugene Goodmans ese día. Todos los que vi lucharon con todo. Y son héroes. This article originally appeared in The New York Times. © 2021 The New York Times Company

  • The New York Times

    Los residentes de una ciudad fronteriza de Texas se sentían ignorados. La tormenta lo empeoró.

    DEL RÍO, Texas — Rodeada de tierras de rancho y elevada sobre mezquites y hectáreas de matorrales espinosos, la ciudad fronteriza de Del Río puede ser la ejemplificación de la zona rural de Texas. Los residentes afirman que, desde hace mucho tiempo, se han sentido apartados de los centros de poder del estado y desconcertados debido a los cambios de criterios sobre la inmigración por parte de sus dirigentes electos en Washington. Y eso ocurre en épocas normales. La épica tormenta invernal de la semana pasada hizo que muchas personas se sintieran todavía más aisladas, ignoradas y olvidadas, pues la tempestad cubrió el área con más de 30 centímetros de nieve y colapsó la red eléctrica, dejando a oscuras y sin calefacción a la mayoría de los residentes del condado, Después de más de una semana, muchos anaqueles de las ferreterías y las tiendas de comestibles locales siguen vacíos y el jueves, finalmente, terminó la advertencia de hervir el agua en el condado de Val Verde, donde se ubica Del Río. A principios de la semana, una fila de autos de más de 1,6 kilómetros avanzaba a vuelta de rueda hacia un lugar de distribución de alimentos, donde las autoridades federales repartían agua, fruta fresca y productos agrícolas. Y el jueves, cuando los legisladores estatales interrogaron sobre la falla de la red eléctrica a los funcionarios de servicios públicos en Austin, a 400 kilómetros de distancia, los empleados de un programa de nutrición de esta ciudad proporcionaban comidas a cerca de 600 residentes, más del doble de lo que habitualmente ofrecen a diario. “En definitiva, creo que ni nos ven ni nos oyen”, afirmó Michael Cirilo, funcionario de 39 años del centro de detención juvenil. Al igual que la mayoría de sus vecinos en Del Río, una ciudad predominantemente latina de unos 36.000 habitantes, la semana pasada se quedó sin energía eléctrica durante varios días. “A veces sentimos que aquí estamos muy solos”. La ciudad bicultural de Del Río, ubicada en una mancha del suroeste del estado sobre la meseta de Edwards, se encuentra al otro lado del río Bravo desde Ciudad Acuña, México, una estación de paso para los migrantes que cruzan a Estados Unidos. La base de la fuerza aérea de Laughlin, donde entrenan los pilotos del ejército, se localiza al este de la ciudad y San Antonio, el área metropolitana más cercana, está aproximadamente a 240 kilómetros de distancia. Rick Martinez, de 41 años, quien es propietario de un mercado en la ciudad, a lo largo de la semana pasada ha hecho varias veces el viaje de más o menos tres horas a San Antonio para abastecerse de productos del campo que no han sido reabastecidos en Del Río. En cualquier caso, la tormenta recalcó lo aislada que se encuentra esta ciudad, señaló, y que él no puede depender de la ayuda del gobierno durante una crisis. “Tal vez debamos trabajar juntos en la respuesta de nuestra comunidad a las emergencias y dejar fuera al gobierno en todo el proceso”, comentó, refiriéndose a su lugar de origen, “porque ellos nos ignoraron todo el tiempo”. En su opinión, a los políticos solo les interesa Del Río, donde ha vivido toda su vida, en épocas de campaña. “Los vemos solo cuando están contendiendo por el cargo”, dijo riéndose. “La gente pasa de largo, nunca se detiene aquí”. Durante décadas, el condado de Val Verde, donde el ingreso promedio por familia es de aproximadamente 46.000 dólares y donde cerca del 85 por ciento de los residentes son latinos, ha sido inestable en términos políticos. Pero después de muchas elecciones presidenciales en las que se inclinó por el candidato demócrata, en noviembre, apoyó a Donald Trump. Martinez fue de los que consideraban que Trump era alguien que escuchaba, sobre todo en cuestiones de inmigración. Martinez afirmó que ningún otro funcionario electo ha encontrado otra manera viable de corregir el sistema de inmigración de tal modo que sea sustentable para la ciudad. “Necesitábamos a alguien, al menos en nuestra opinión, que comenzara a combatir una serie de medidas que nos perjudican”, comentó. “Trump ha dicho algunas cosas que quizás fueron desagradables para algunas personas, pero nosotros siempre sentimos que estaba luchando por nosotros”. Durante estas últimas semanas, alentados por las expectativas de una recepción más amable por parte del gobierno de Joe Biden y por cambios en la política mexicana que dificultan que Estados Unidos deporte a algunos de ellos, ha aumentado el número de migrantes que entran a Del Río. Este aumento ha preocupado al alcalde Bruno Lozano, conocido como Ralphy, quien dijo que la ciudad solo cuenta con un centro para atender a los migrantes y con una cantidad limitada de voluntarios, por lo que la semana pasada le pidió al presidente Joe Biden que detuviera de manera temporal el flujo procedente del otro lado de la frontera. En un video, señaló que la tormenta invernal había agotado los recursos de la ciudad y Del Río no podría salir adelante. “Si envía a estas personas a nuestra comunidad, nos veremos obligados a tomar la decisión de dejarlos sin recursos en estas terribles circunstancias”, dijo en el video, el cual incluía imágenes de anaqueles desabastecidos y largas filas de compradores con cubrebocas, agrupados en espera de entrar a una tienda de comestibles. El alcalde, del Partido Demócrata, también le solicitó a Biden que no liberaran a los migrantes sin hacerles una prueba adecuada de COVID-19 con el fin de proteger a los “ciudadanos que pagan impuestos”. Al final, solo una familia de migrantes pasó la noche en Del Río durante la tormenta de la semana pasada, señaló Tiffany Burrow, directora de operaciones en la Alianza Humanitaria Fronteriza de Val Verde. Los migrantes arrestados por la Patrulla Fronteriza son entregados en ese centro y los voluntarios de ahí ayudan a agilizar los detalles no financieros del viaje a su destino final. Este lunes, cerca de 20 migrantes buscaron ayuda en esta alianza. Pero el miércoles, esa cifra había aumentado a 76, cerca del triple de lo que normalmente se veía en una sola semana antes del reciente aumento que comenzó el mes pasado, explicó Burrow. Lozano señaló que no tenía otra opción que darles prioridad a sus residentes sobre los inmigrantes. “Aquí estamos, en una ciudad rural desconectada de las principales áreas metropolitanas… y nos abandonan”, señaló. No solo se trata de cuestiones de la frontera, dijo. Lozano está decepcionado de que los titulares hablen de importantes proyectos de tránsito e infraestructura y de puestos de vacunación masiva contra el coronavirus en todo el estado y el país y que estas iniciativas no hayan llegado a Del Río, aseguró. “¿Y nosotros qué?”, preguntó. Muchos residentes de toda la ciudad compartían esa misma opinión. Elsa Hernández, una secretaria escolar jubilada, no ha tenido agua potable en más de una semana. Comentó que no pueden reparar las tuberías rotas porque ninguno de los plomeros en Del Río tiene material. Hernández, de 68 años, ha estado alojándose en la casa de una amiga por varios días y se siente desatendida. “Tengo la sensación de que no cuento con ningún apoyo”, mencionó y añadió que le preocupa cómo va a pagar los daños ocasionados por la tormenta. También culpó a las autoridades de la ciudad, quienes, según ella, no tuvieron la capacidad de preparar adecuadamente a los residentes para el embate del temporal. Aproximadamente 30.000 de los 49.000 residentes del condado de Val Verde no tuvieron energía eléctrica durante la tormenta, señaló el juez del condado, Lewis Owens, el funcionario electo de más alto rango. Cuando el agua perdió presión en un hospital, tuvieron que transportar al menos a quince pacientes que requerían diálisis a Eagle Pass, otra ciudad fronteriza que se encuentra a una hora de distancia. El jueves, los legisladores estatales celebraron audiencias para investigar al Consejo de Confiabilidad Eléctrica de Texas y la manera en que manejó los apagones de la semana pasada, los cuales afectaron casi a todos los 254 condados del estado y dejaron a más de cuatro millones de texanos, a algunos durante muchos días, sin electricidad. Cinco funcionarios han renunciado a la junta directiva de la empresa, la cual opera la red eléctrica de Texas. Lozano señaló que también su oficina se quedó sin energía eléctrica y el acceso a internet era intermitente, lo que dificultó la coordinación de la ayuda y estar en contacto con los residentes. Sin embargo, mencionó que, gracias a estas lecciones, estarán mejor preparados para el próximo desastre. This article originally appeared in The New York Times. © 2021 The New York Times Company

  • The New York Times

    Opinión: ¿Clubhouse puede moverse rápido sin romper las cosas?

    Hace unas noches, después de mi viaje semanal al supermercado, me quedé pegado al asiento del auto mientras escuchaba Clubhouse, la aplicación social de audio a la que solo se tiene acceso por medio de una invitación. Mientras mi helado se derretía en el maletero, me metí en una sala en la que Tom Green, el excomediante de MTV y protagonista de “Fuera de casa”, estaba debatiendo sobre la ética de la inteligencia artificial con un grupo de computólogos y Deadmau5, el famoso DJ canadiense. Cuando se acabó ingresé a una sala llamada NYU Girls Roasting Tech Guys. Ahí, escuché a estudiantes universitarios que jugaban un juego de citas en el que los concursantes tenían 30 segundos en el escenario para seducir a alguien de la audiencia. Y después de varias rondas de ese juego, me uní a una sala llamada Cotton Club, donde los usuarios cambiaron sus avatares a retratos en blanco y negro, y fingían ser clientes de un bar clandestino al estilo de la década de 1920, con música de jazz de fondo. Dos horas más tarde, con mi helado en un estado completamente líquido, salí del auto con la sensación de que había experimentado algo especial. Todo fue fascinante, sorprendente y un poco surreal, como asomarse a las ventanas de las casas de extraños interesantes. Y me recordó una euforia similar que sentí hace años, cuando las celebridades y estrafalarios creativos comenzaron a aparecer en Facebook y Twitter. Últimamente, he pasado mucho tiempo en Clubhouse y los paralelismos con los primeros días de hipercrecimiento de esa primera generación de redes sociales son asombrosos. La popularidad que ha ganado la aplicación en once meses —tiene más de diez millones de usuarios y las invitaciones se venden hasta en 125 dólares en eBay— desencadenó el desenfreno entre los inversionistas, quienes han valuado la empresa en 1000 millones de dólares. Para aumentar el alboroto, han aparecido celebridades como Elon Musk, Oprah Winfrey y Joe Rogan. Además, la aplicación está engendrando competencia con Twitter y Facebook, las cuales están experimentando con productos similares. Toda red social exitosa tiene un ciclo de vida que se parece más o menos a esto: ¡Vaya! ¡No cabe duda de que esta aplicación es adictiva! ¡Qué tal todos los usos divertidos y emocionantes que les están dando las personas! ¡Ah, mira! ¡Aquí también puedo ver las noticias y opiniones políticas que me interesan! ¡Esto empoderará a los disidentes, promoverá la libertad de expresión y derrocará los regímenes autoritarios! Eh… ¿por qué los troles y los racistas están ganando millones de seguidores? ¿De dónde vienen todas estas teorías de la conspiración? Esta plataforma debería contratar moderadores y arreglar sus algoritmos. Vaya, este lugar es una fosa séptica. Voy a borrar mi cuenta. Lo extraordinario de Clubhouse es que parece estar experimentando todo este ciclo de golpe, durante su primer año de existencia. Comencé a usar Clubhouse en otoño. En ese momento, la aplicación parecía estar dominada por el típico primer usuario —trabajadores del sector tecnológico, capitalistas de riesgo, gurús de la mercadotecnia digital— junto con un contingente considerable de personalidades negras influyentes y varias figuras “heterodoxas” del internet que, en su mayoría, usaban la plataforma para quejarse de los medios tradicionales y lanzaban diatribas contra la cultura de la cancelación. Desde el inicio, hubo señales de que Clubhouse estaba corriendo a toda velocidad el ciclo de vida de una plataforma. Semanas después de su lanzamiento, surgieron las quejas de que estaba permitiendo la proliferación del acoso y el discurso de odio, incluidas grandes salas en las que los hablantes supuestamente hacían comentarios antisemitas. La empresa hizo lo posible para actualizar los lineamientos de su comunidad y agregar funciones básicas de bloqueo y denuncia, y sus fundadores cumplieron con el requisito Zuckerberg de hacer la gira de las disculpas (“En Clubhouse, condenamos de manera inequívoca la antinegritud, el antisemitismo y todas las otras clases de racismo, discursos de odio y abusos”, decía una publicación en el blog de la empresa en octubre). La empresa también ha enfrentado acusaciones de haber hecho un mal manejo de los datos de los usuarios, incluido un informe de la Universidad de Stanford que encontró que la compañía pudo haber mandado datos a través de servidores en China, con lo cual posiblemente le dio acceso al gobierno chino a información delicada de los usuarios (la empresa prometió asegurar los datos de los usuarios y someter sus prácticas de seguridad a una auditoría externa). Además, los defensores de la privacidad se han opuesto a las agresivas prácticas de crecimiento de la aplicación, entre las que se cuentan pedirles a los usuarios que suban todas sus listas de contactos para enviarles invitaciones a otros. “Problemas graves de privacidad y seguridad, mucha extracción de datos, el uso de patrones oscuros, un crecimiento sin un claro modelo de negocios. ¿Cuándo aprenderemos?”, escribió en un tuit de esta semana Elizabeth Renieris, directora del Laboratorio de Ética Tecnológica de la Universidad de Notre Dame e IBM, en el que comparó a Clubhouse de este momento con los primeros días de Facebook. Si somos justos, hay diferencias estructurales importantes entre Clubhouse y las redes sociales existentes. A diferencia de Facebook y Twitter, las cuales giran en torno a contenido central seleccionado por medio de algoritmos, Clubhouse está organizada como una especie de Reddit: un cúmulo de salas temáticas, que moderan los usuarios, con un “pasillo” central en el que los usuarios pueden buscar salas en progreso. Las salas de Clubhouse desaparecen después de que se acaba la conversación, y las reglas prohíben grabar una sala (aunque todavía se puede hacer), es decir que “volverse viral”, en el sentido tradicional, en realidad no es posible. Los usuarios deben ser invitados al “escenario” de una sala para hablar, y los moderadores pueden expulsar sin problemas a los hablantes indisciplinados o alborotadores, así que hay menos riesgo de que los troles secuestren una conversación civilizada. Además, Clubhouse no tiene anuncios, lo cual reduce el riesgo de un agravio para obtener ganancias. Sin embargo, existen muchas similitudes. Al igual que otras redes sociales, Clubhouse tiene varias funciones de “descubrimiento” y tácticas agresivas de crecimiento acelerado dirigidas a llevar a los nuevos usuarios cada vez más adentro de la aplicación, incluidas recomendaciones algorítmicas, notificaciones automáticas personalizadas y una lista de usuarios sugeridos para seguir. Estas funciones, combinadas con la capacidad de Clubhouse para formar salas privadas y semiprivadas con miles de personas en ellas, crean algunos de los mismos malos incentivos y oportunidades para el abuso que han perjudicado a otras plataformas. La aplicación tiene fama de gozar de una moderación laxa que también ha atraído a varias personas vetadas en otras redes sociales, entre ellas figuras asociadas con QAnon, Stop the Steal (Detengan el robo) y otros grupos extremistas. No obstante, antes de que me taches de odiador de Clubhouse, permíteme dar una nota de optimismo. En realidad, me gusta Clubhouse y creo que su innovación tecnológica central —una manera sencilla de crear experiencias participativas de audio en vivo— tiene una utilidad genuina. La mayoría de las salas en las que he estado son civilizadas y bien moderadas, y si dejas pasar las salas megapopulares llenas de celebridades y de gente que se quiere colgar de la fama, puedes encontrar cosas verdaderamente fascinantes. Las últimas semanas, he escuchado una sala de Clubhouse con doctores y enfermeras negros que hablan sobre sus experiencias de racismo en la medicina, y una sala en la que un psicólogo prominente dirige un taller sobre luto y dolor. He merodeado en concursos de karaoke coreano, he escuchado a expertos en energía debatir sobre la energía nuclear y he sido el anfitrión de conversaciones civilizadas sobre los medios. La otra noche, después de probar varias decenas de salas de Clubhouse, me quedé dormido con los sonidos del club de las canciones de cuna, una reunión nocturna de Clubhouse en la que participan músicos que cantan canciones para ayudarse a quedarse dormidos. La capacidad de salir y entrar de este tipo de salas de modo espontáneo y alternar entre escuchar con pasividad y hablar de manera activa es parte de lo cautivador de Clubhouse… y lo que la diferencia tanto de escuchar un pódcast o asistir a un seminario web por Zoom. Clubhouse también tiene un azar novedoso que la hace más interesante que las redes sociales en las que los algoritmos están encargados de confeccionar cada uno de los pedazos de contenido según tus intereses exactos (como lo escribió Nicholas Quah en Vulture: “Hay algo que se siente fascinantemente nuevo en poder pasar entre varias comunidades espontáneas que no buscaste a propósito”). Por supuesto, una pandemia que atrapa a la gente dentro de su casa y la deja hambrienta de conexión social es un entorno ideal para lanzar una nueva aplicación social, y Clubhouse podría perder a algunos de sus usuarios en cuanto estén vacunados y vuelvan a socializar en la vida real. No obstante, espero que Clubhouse sobreviva, aunque sea porque pudo ofrecer una alternativa a las redes sociales en las que hemos iniciado sesión la última década y media más amable y menos escandalosa. Si la plataforma puede arreglar sus problemas y aprender de los errores que cometieron empresas más grandes antes que ella, tal vez me apunte a desvelarme muchas más noches en mi auto. This article originally appeared in The New York Times. © 2021 The New York Times Company

  • The New York Times

    ¿Acaso la causa de 9 muertes en Rusia hace 62 años fue una avalancha?

    MOSCÚ — ¿Qué hizo que nueve excursionistas experimentados, algunos descalzos y casi desnudos, salieran de sus carpas y terminaran inmersos en las temperaturas bajo cero y la oscuridad sepulcral de un yermo ruso en 1959? Cuando sus cuerpos fueron encontrados en un paso remoto en los montes Urales, hace 62 años esta semana, nadie pudo explicar qué —o quién— los había matado. Ese enigma ha desconcertado a investigadores e inspirado libros, películas y programas de televisión durante décadas. Pero ahora, dos científicos creen que finalmente podrían haber encontrado una respuesta. Para algunos rusos, el misterio perenne ha adquirido las cualidades de una leyenda nacional, que algunos llaman “diatlovmanía”, en honor al líder del grupo de jóvenes excursionistas, Igor Diátlov. Es una obsesión que mezcla la investigación racional con alocadas teorías de conspiración, algunas de las cuales involucran ovnis o yetis. Muchas de las teorías sobre lo que sucedió, ya sean basadas en la ciencia o en la superstición, comparten una desconfianza profunda en la versión de los hechos ofrecida por el Estado. Es un escepticismo hacia el oficialismo que ya existía en la época soviética y que prevalece en la Rusia actual. En efecto, algunos culpan directamente al Estado. Quizás, dicen, las autoridades soviéticas asesinaron a los excursionistas porque se toparon con un experimento ultrasecreto. Tal vez, dicen otros, fueron alcanzados por los escombros de la prueba de alguna arma, los cuales les dejaron los aún inexplicables rastros de radiación en su ropa. En 2019, el gobierno reabrió el caso y culpó a una avalancha de las muertes. Pero el hecho de que las autoridades no ofrecieran muchas pruebas al respecto dejó a muchos escépticos. Sin embargo, ahora dos científicos radicados en Suiza están presentando la misma teoría y la están respaldando con modelos y datos. En un estudio publicado en enero en la revista Communications Earth & Environment, los científicos plantean que una avalancha —ciertamente una muy inusual— podría haber azotado el campamento de los excursionistas. Sin embargo, ni siquiera ellos aseguran haber resuelto definitivamente el misterio, sino solo haber presentado una explicación constatable y más creíble que la versión que asegura que murieron asesinados por unos monstruos y con más pruebas que la teoría de que los nueve excursionistas fueron mutilados por fugitivos desquiciados de un gulag. “No queremos pretender que lo hemos resuelto”, dijo Johan Gaume, profesor del Laboratorio de Simulación de Nieve y Avalanchas de la Escuela Politécnica Federal de Lausana, en Suiza, y coautor del estudio. “Hay demasiadas cosas alrededor de este caso que nunca podrán ser explicadas”. Los miembros del equipo de rescate encontraron los restos de los excursionistas —estudiantes universitarios, siete hombres y dos mujeres, que buscaban probar su resistencia física en la larga excursión invernal— esparcidos a cientos de metros de distancia de su tienda. La lona medio desplomada había sido rasgada por una navaja, aparentemente desde su interior. Aunque las autopsias determinaron que la hipotermia había sido la causa principal de muerte, tres de los excursionistas habían sufridos lesiones graves causadas por una fuerza contundente, incluyendo costillas rotas y un cráneo fracturado. Dos de los cuerpos no tenían ojos y uno no tenía lengua. “Cuando hablamos de un misterio, tendemos a pensar que no sabemos casi nada al respecto”, dijo Dmitri Kurakin, un sociólogo que ha estudiado el caso Diátlov. “En este caso tenemos toneladas de información: fotografías, diarios, documentos oficiales. Pero en esta abundante variedad de información es muy difícil encontrar la verdad”. Poco después de la investigación original, los investigadores soviéticos clasificaron los archivos del caso. Como resultado, pocas personas fuera de los Urales supieron del denominado Grupo Diátlov hasta que la desintegración de la Unión Soviética rompió décadas de silencio oficial. Las conjeturas y la fantasía florecieron en los primeros años del internet y todos los interesados en el debate —ya sea aquellos que culpan a la KGB, las pruebas de misiles o un infrasonido capaz de producir ataques de pánico— coincidieron en que la conclusión de la investigación original soviética de que “la influencia de una fuerza natural contundente” había matado a los excursionistas no era satisfactoria. Luego, en 2013, el investigador principal original presionó, a sus 94 años, para que el caso fuera reabierto, al afirmar que altos funcionarios en Moscú lo habían presionado en aquel momento para que declarara que un accidente había sido la única causa de la tragedia. El año pasado una nueva investigación federal estableció que una avalancha había causado la tragedia, una explicación que ha sido rechazada por muchos que han investigado el misterio por su propia cuenta. “No fue una avalancha”, dijo Teddy Hadjiyska, quien gestiona un sitio web dedicado al incidente. “El viento sopla todo el tiempo en esa zona, no hay suficiente acumulación de nieve y la pendiente es demasiado baja”, dijo. Gaume y su colega coautor del nuevo estudio arbitrado, Alexander Puzrin, profesor de Ingeniería Geotécnica en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, una universidad de investigación, buscaron abordar esos y otros puntos. Por ejemplo, señalaron que pasaron más de tres semanas antes de que la carpa fuera encontrada, tiempo suficiente para que el viento ocultara la evidencia de una avalancha. Un problema mayor, según los escépticos, es el hecho de que la pendiente en el paso Diátlov no es muy empinada. Gaume afirmó que aunque existe una “regla general” de que las avalanchas no ocurren en ángulos menores a 30 grados, puede haber excepciones. Él y Puzrin desarrollaron un modelo matemático para calcular los vientos y la nieve y bajo ese modelo pudieron producir una pequeña avalancha de placa retardada, de unos 5 metros por 5 metros. Eso podría explicar las heridas graves pero no mortales encontradas en los cuerpos, dicen. Gaume expuso una posible teoría de cómo pudo haberse desarrollado aquella lejana noche de invierno: Los excursionistas, golpeados por una repentina avalancha de placa en la oscuridad, lucharon para poder escapar de su tienda y ayudar a sus amigos heridos. Apenas vestidos, salieron a toda prisa, quizás temiendo otra avalancha, y se dirigieron hacia un escondite de suministros en el bosque. Pero desorientados y luchando con temperaturas aproximadas de 40 grados Celsius bajo cero, se perdieron y sucumbieron al frío. Algunos pudieron haber desnudado a sus compañeros fallecidos para obtener una capa extra de calor. “Es la historia de nueve amigos que lucharon juntos contra la fuerza de la naturaleza”, dijo Gaume. “Permanecieron juntos”. Aunque la teoría de la avalancha no explica los rastros de radiación, algunos han sugerido que los niveles encontrados no fueron anormales, dada la larga exposición de los cuerpos al sol a gran altura. Los animales carroñeros y la descomposición podrían explicar las partes del cuerpo faltantes. El estudio no logró convencer a Hadjiyska, quien sostiene que un árbol cayó sobre los excursionistas y que las autoridades locales improvisaron un encubrimiento para evitar represalias de sus superiores. “Todo lo relacionado a este caso es una locura”, dijo. El estudio tampoco convenció a Yuri Kuntsevich, quien presenció el funeral del grupo cuando tenía 12 años y ahora dirige un museo provisional sobre el misterio en su apartamento en Ekaterimburgo, la gran ciudad más cercana al paso donde ocurrió el hecho. Kuntsevich afirmó que la idea de que unos excursionistas experimentados cometieran el error de instalar su tienda de campaña en un lugar donde una avalancha fuera incluso una posibilidad remota estaba “fuera de discusión”. Para Kuntsevich, los excursionistas fueron héroes que se negaron a huir de una calamidad enorme y provocada por el hombre, pero ciertamente aún desconocida. Solo un acto criminal podría explicar la tragedia. “Se enfrentaron a algo horrible”, dijo Kuntsevich. “Y se defendieron”. This article originally appeared in The New York Times. © 2021 The New York Times Company

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    Opinión: La paradoja del partidismo pandémico

    La propuesta de alivio para la COVID-19 del presidente Joe Biden sigue siendo increíblemente popular; si acaso, se está volviendo más popular a medida que avanza en el Congreso. Varias encuestas muestran que alrededor del 70 por ciento de los estadounidenses aprueban el plan de 1,9 billones de dólares. Este plan goza casi del doble de popularidad que el recorte de impuestos republicano de 2017 y es más popular que el estímulo de Obama de 2009; es difícil de creer ahora, pero el plan de Biden es más popular de lo que era Medicare en los meses anteriores a su aprobación en 1965. Las grandes empresas también han demostrado su apoyo: más de 150 altos ejecutivos de importantes compañías han enviado cartas a los líderes del Congreso para exhortar la promulgación del plan de Biden. No es difícil entender por qué a los demócratas y a los independientes les gusta el plan. Lo que trato de entender es algo que parece una paradoja política. Esto es, ¿cómo es posible que tantos republicanos estén a favor del plan? ¿Por qué es un enigma el apoyo de los republicanos a los planes económicos de Biden? Porque la mayoría de las personas que pertenecen a las bases republicanas cree (con base en puras mentiras) que las elecciones fueron robadas. Así que estamos en una posición peculiar en la que un número sustancial de electores no cree que Biden tenga derecho a dirigir el país, pero aprueba en la práctica la manera en que lo está dirigiendo, al menos en lo que respecta a la política económica. Un reciente sondeo de Economist/YouGov lo pone de manifiesto. Según esa encuesta, solo el 16 por ciento de quienes se autodenominan republicanos cree que Biden ganó las elecciones de manera justa, mientras que el 71 por ciento cree que se las robó a Donald Trump. Sin embargo, el 39 por ciento de los republicanos está a favor de la propuesta de gasto de 1,9 billones de dólares de Biden. ¡Una encuesta de Morning Consult sitúa el apoyo republicano al plan en un 60 por ciento! Ahora bien, el hecho de creer que la presidencia fue robada y apoyar las políticas del hombre que se la robó no es una contradicción literal. Pero no deja de ser muy extraño. También contrasta mucho con lo que ocurrió con el presidente Barack Obama. Aquellos que participamos en debates económicos durante los primeros años de Obama recordamos las advertencias constantes de que las políticas del nuevo presidente ocasionarían un desastre. El estímulo de Obama fue bastante menor que el plan de Biden (de hecho, fue demasiado pequeño, pero esa es otra historia). Sin embargo, no pasó una semana sin que se dijera a gritos que la hiperinflación y la crisis de la deuda estaban a la vuelta de la esquina. Además, los republicanos también se han pasado años diciendo que Obamacare es un tirano asesino del empleo, mientras que apenas han hecho mención de la importante expansión de Obamacare que contiene la propuesta de Biden. Entonces, ¿cuál es la diferencia esta vez? Es probable que haya varias razones por las que a los republicanos les está costando encontrar argumentos contra las políticas de Biden. Ya he escrito antes que el alivio para la pandemia puede ser más fácil e intuitivo de explicar que el estímulo económico keynesiano. Y puede que los republicanos estén pagando por su hipocresía de antaño, ya que pasaron de llamar a la deuda una amenaza existencial con Obama a ignorarla durante el mandato de Trump. También sospecho, aunque no tengo pruebas contundentes, que el Partido Republicano por fin está pagando por su brecha de expertos: su desprecio por la experiencia en, pues, todo, que prácticamente expulsó a los expertos del partido. La verdad es que desde hace mucho tiempo los republicanos no escuchan a los expertos. Basta preguntarle a Stephen Fauci. Sin embargo, el partido solía tener gente que al menos podía fingir que sí sabía de qué hablaba. ¿Recuerdan a Paul Ryan, expresidente de la Cámara de Representantes? En realidad, no era un ñoño de la política fiscal (de hecho, al examinarlo con detenimiento, era evidente que era un impostor), pero era bastante bueno para interpretar a un erudito en políticas públicas en la televisión. Es difícil pensar en alguien en el Partido Republicano contemporáneo que pueda hacer eso. De hecho, incluso es difícil pensar en alguien, aparte de algunos ñoños (!) demócratas en políticas públicas, que de verdad esté en contra de la Bidenomía. ¿Quién encabeza la oposición republicana al Plan de Rescate de Estados Unidos? No se me ocurre nadie. Digámoslo así: los republicanos parecen estar perdiendo el argumento económico en parte porque ni siquiera se molestan en figurar. Una reflexión más: una consecuencia no deseada de la Gran Mentira sobre las elecciones puede ser que debilite a la oposición republicana ante las prioridades políticas demócratas. El complejo mediático de la derecha, tan vasto como es, tiene que lidiar con el limitado periodo de atención de sus espectadores y oyentes. Cada hora que se dedica a divulgar teorías conspirativas sobre el fraude electoral y las operaciones antifa de falsa bandera es una hora que no se dedica a asustar al público sobre la inminente muerte del dólar a manos de los grandes derrochadores demócratas. Así que supongo que el espectáculo del apoyo generalizado de los republicanos a las políticas de un hombre al que consideran un usurpador es bastante difícil de entender. Pero requiere mucha disonancia cognitiva, que sin duda no será sostenible en los próximos años. Lo que nadie sabe es hacia dónde caerá la disonancia. La mayoría de los economistas del sector privado ahora esperan una rápida recuperación económica durante el próximo año, combinada tal vez con una gran sensación de alivio a medida que la pandemia se desvanezca. ¿Los acontecimientos positivos harán que los republicanos se pasen al bando de Biden? ¿O los republicanos decidirán que todas las cosas buenas que están ocurriendo son noticias falsas? El futuro político de Estados Unidos depende de la respuesta. This article originally appeared in The New York Times. © 2021 The New York Times Company

  • The New York Times

    La miseria escondida detrás del auge del anime

    El negocio del anime japonés nunca ha estado en un mejor momento que el actual. Y esa es exactamente la razón por la que Tetsuya Akutsu está pensando en abandonarlo.

  • The New York Times

    El inútil gesto antirracista del futbol que los jugadores no quieren más

    Parece que los dueños del futbol solo quieren cubrir las apariencias, como siempre, y ahora todos se hincan antes de los partidos en contra del racismo. Pero los futbolistas han dicho ya no más. Quieren hechos, no gestos.